Una infección bacteriana se produce como consecuencia de la invasión y la multiplicación de bacterias patógenas en el organismo. A diferencia de los virus —entidades no celulares que necesitan una célula huésped para reproducirse—, las bacterias son organismos unicelulares capaces de dividirse de forma autónoma en los tejidos humanos. Esta diferencia fundamental condiciona por completo las estrategias terapéuticas: los antibióticos actúan sobre estructuras propias de las bacterias (pared celular, ribosomas, ADN-girasa) y son totalmente ineficaces frente a las infecciones virales. Tomar un antibiótico para un resfriado o una gripe (de origen viral) no aporta ningún beneficio y contribuye a la resistencia bacteriana. Los complementos para reforzar el sistema inmunitario durante las infecciones están disponibles en las secciones de «inmunidad» y «defensas inmunitarias» de la tienda.
Las infecciones bacterianas más frecuentes en la medicina general incluyen las faringitis estreptocócicas (Streptococcus pyogenes — fiebre alta, garganta eritematosa, exudado), las infecciones urinarias (Escherichia coli — ardor al orinar, polaquiuria), las otitis bacterianas, las neumonías comunitarias (Streptococcus pneumoniae) y los impétigos cutáneos. Se distinguen de las infecciones virales por una evolución a menudo más rápida, una fiebre más alta, marcadores inflamatorios elevados (PCR, hiperleucocitosis con predominio de neutrófilos) y la ausencia de síndrome gripal inicial. Véase la página sobre infecciones para obtener una visión general.
El diagnóstico se basa en la exploración clínica, los marcadores inflamatorios biológicos (PCR, hemograma) y, para confirmarlo, en las muestras microbiológicas: hemocultivos (septicemia), cultivos de orina (infecciones urinarias), frotis faríngeo (faringitis) y esputo (neumonía). El antibiograma —prueba de sensibilidad de la bacteria identificada a los distintos antibióticos— es la herramienta de referencia para elegir el tratamiento más eficaz y específico, lo que limita así la presión de selección bacteriana.
El tratamiento con antibióticos siempre debe ser recetado por un médico y seguido al pie de la letra. Se aplican dos reglas absolutas: completar el tratamiento hasta el último día, aunque los síntomas desaparezcan antes, y no automedicarse nunca con antibióticos que se hayan guardado de una receta anterior. Al tomar antibióticos, la combinación con probióticos (Lactobacillus rhamnosus GG, Saccharomyces boulardii) protege la flora intestinal alterada por la antibioterapia y reduce el riesgo de diarrea postantibiótica y de candidiasis.
Las sustancias naturales antibacterianas nunca sustituyen a un antibiótico recetado para una infección bacteriana diagnosticada; sin embargo, pueden reforzar el sistema inmunitario a modo de prevención y limitar la proliferación bacteriana local en el caso de infecciones leves. El propóleo (flavonoides con un amplio espectro antibacteriano documentado —estafilococos, estreptococos, E. coli—) resulta útil en la prevención de afecciones otorrinolaringológicas y para pequeñas lesiones bucales.El ajo (alicina) presenta actividad antibacteriana in vitro sobre numerosas cepas, incluidos algunos estafilococos resistentes —en extracto estandarizado o fresco, tomado a diario—.La equinácea refuerza la respuesta inmunitaria inespecífica (EMA —de 2 a 4 semanas; contraindicada en enfermedades autoinmunes). Una microbiota intestinal sana es la primera barrera contra la colonización bacteriana: mantener un aporte regular de fibra prebiótica y de alimentos fermentados preserva esta protección natural. Consulte la página de infectología para obtener información completa sobre el tratamiento.