Un antibiótico es un medicamento con receta médica diseñado para inhibir el crecimiento de las bacterias (bacteriostático) o destruirlas (bactericida). Cada clase de antibiótico actúa sobre una estructura o función bacteriana específica, ausente en las células humanas, lo que explica su selectividad. Las betalactámicas (penicilinas, cefalosporinas) alteran la síntesis de la pared bacteriana; los macrólidos y las tetraciclinas inhiben la síntesis de proteínas; las fluoroquinolonas bloquean la replicación del ADN bacteriano. Ningún antibiótico es eficaz contra los virus: su uso en una infección viral (resfriado, gripe, COVID-19) es inútil y contribuye a la resistencia. En la tienda se pueden encontrar complementos de apoyo para el tratamiento con antibióticos en las gamas de probióticos y bienestar digestivo.
La elección del antibiótico adecuado depende del agente bacteriano identificado y de su antibiograma —una prueba de sensibilidad realizada en laboratorio que determina qué antibióticos son eficaces contra la bacteria específica en cuestión—. Un antibiótico inadecuado o insuficiente no cura la infección y favorece la aparición de cepas resistentes. Consulte la página sobre infecciones bacterianas para conocer las principales indicaciones.
La resistencia a los antibióticos es uno de los retos de salud pública más críticos: se produce cuando las bacterias mutan y se vuelven insensibles a los tratamientos. Hay varias reglas imprescindibles que deben respetarse siempre que se tomen antibióticos:
Los antibióticos no solo afectan a las bacterias patógenas a las que se dirigen, sino también a la microbiota intestinal (flora intestinal), reduciendo su diversidad y creando un entorno propicio para la proliferación de Clostridium difficile (diarrea grave postantibiótica) o de Candida albicans (candidiasis bucal o vaginal postantibiótica). Para limitar este impacto, se recomienda tomar probióticos (Lactobacillus rhamnosus GG, Saccharomyces boulardii) desde el primer día del tratamiento con antibióticos, con un intervalo de al menos 2 horas respecto a la toma del antibiótico para evitar su inactivación. El tratamiento con probióticos debe prolongarse durante un mínimo de 2 a 4 semanas tras finalizar el tratamiento con antibióticos para favorecer la recuperación de la diversidad microbiana. Una dieta rica en fibra prebiótica (avena, legumbres, alcachofa, ajo, cebolla) alimenta a las bacterias beneficiosas y acelera la reconstitución de la microbiota. Estas medidas complementan el tratamiento médico, pero no lo sustituyen. Consulte la página de infectología para conocer el tratamiento integral de las infecciones.