Un microbio es un organismo microscópico —bacteria, virus, hongo o protozoo— invisible a simple vista, pero omnipresente en nuestro entorno y en nuestro propio cuerpo. Su relación con el ser humano dista mucho de ser únicamente antagónica: la gran mayoría de los microbios que colonizan nuestro organismo son inofensivos, e incluso indispensables para nuestra salud. Se denominan microbios comensales y constituyen la microbiota, ese ecosistema microbiano que puebla nuestros intestinos, nuestra piel y nuestras mucosas bucales y vaginales. Solo una minoría de microbios son patógenos, es decir, capaces de provocar enfermedades.
La distinción entre microbio patógeno y comensal no siempre es absoluta: algunos microbios normalmente inofensivos pueden volverse patógenos cuando las defensas inmunitarias están debilitadas (inmunodepresión, tratamiento prolongado con antibióticos, estrés crónico), un fenómeno denominado infección oportunista. Por eso, mantener un sistema inmunitario equilibrado es tan importante como la lucha directa contra los agentes patógenos.
La microbiota intestinal —antes denominada flora intestinal— alberga aproximadamente 100 billones de microorganismos pertenecientes a más de 1 000 especies diferentes. Lejos de ser pasiva, esta microbiota desempeña funciones fisiológicas esenciales:
La disbiosis —desequilibrio de la microbiota— se asocia a numerosas patologías: infecciones digestivas recurrentes, trastornos funcionales intestinales, enfermedades inflamatorias y una mayor vulnerabilidad a las infecciones virales y bacterianas. Los probióticos (Lactobacillus, Bifidobacterium) y los prebióticos (fibras solubles fermentables) permiten mantener y restablecer este equilibrio microbiano, especialmente tras un tratamiento con antibióticos que altera profundamente la diversidad bacteriana intestinal.
La protección frente a los microbios patógenos se basa en dos ejes complementarios: las medidas de barrera y el refuerzo de las defensas inmunitarias. Las medidas de barrera incluyen el lavado de manos con agua y jabón (método de referencia), el uso de desinfectantes y geles hidroalcohólicos en situaciones de riesgo, la cocción completa de los alimentos y la vacunación contra los microbios para los que existe una vacuna eficaz (gripe, hepatitis, neumococo).
Desde el punto de vista nutricional, varios micronutrientes refuerzan directamente la resistencia a las infecciones microbianas: la vitamina C estimula la producción y la migración de los leucocitos, la vitamina D3 activa los macrófagos y refuerza las defensas antivirales, y el zinc es esencial para la proliferación de los linfocitos T.La equinácea (uso bien establecido según la EMA) constituye un apoyo fitoterapéutico reconocido para las infecciones respiratorias virales leves, en un tratamiento de entre 2 y 4 semanas. Por último, la microbiota cutánea, al igual que la microbiota intestinal, constituye una barrera natural contra los microbios patógenos que conviene preservar mediante una higiene adecuada —ni demasiado agresiva ni insuficiente—.