La pancreatitis es una inflamación del páncreas, una glándula situada detrás del estómago que desempeña dos funciones esenciales: la digestión de los alimentos mediante la secreción de enzimas y la regulación de la glucemia mediante la producción de insulina y glucagón. Se presenta en dos formas. La pancreatitis aguda se desarrolla rápidamente y suele remitir en pocos días con un tratamiento adecuado. La pancreatitis crónica evoluciona a lo largo de varios años, dañando de forma progresiva e irreversible el tejido pancreático.
Los cálculos biliares y el consumo excesivo de alcohol son las dos causas más frecuentes de pancreatitis aguda. Algunos medicamentos, las infecciones virales, los traumatismos abdominales o las anomalías anatómicas del páncreas también pueden desencadenar una inflamación. En la forma crónica, el consumo excesivo y prolongado de alcohol sigue siendo el factor más determinante. El tabaquismo constituye un factor de riesgo independiente que agrava la evolución de la enfermedad y aumenta el riesgo de complicaciones graves a largo plazo.
La pancreatitis aguda se manifiesta con un dolor abdominal intenso en la parte superior, que a menudo se irradia hacia la espalda, acompañado de náuseas, vómitos y fiebre. Estos síntomas requieren una hospitalización inmediata. En la forma crónica, el dolor es más insidioso, pero persistente. La dificultad para digerir, la pérdida de peso progresiva y la aparición de una diabetes secundaria son signos de una insuficiencia pancreática avanzada que requiere un tratamiento especializado.
El diagnóstico se basa en un examen clínico exhaustivo, complementado con la determinación en sangre de las enzimas pancreáticas —lipasa y amilasa—, cuyo aumento confirma la inflamación. A continuación, las técnicas de imagen precisan la extensión de las lesiones: la ecografía abdominal detecta los cálculos biliares, mientras que la tomografía computarizada y la resonancia magnética visualizan el parénquima pancreático y buscan posibles complicaciones, como un seudoquiste o una necrosis.
La forma aguda requiere hospitalización con reposo digestivo, hidratación intravenosa y analgesia adecuada. Cuando la causa son los cálculos biliares, se programa una colecistectomía para prevenir las recidivas. La forma crónica se trata con suplementosde enzimas pancreáticas para compensar la insuficiencia exocrina, un tratamiento médico del dolor y una cirugía de derivación o resección cuando los conductos están obstruidos o el dolor no responde a los tratamientos conservadores.
Limitar o dejar de consumir alcohol constituye la medida preventiva más decisiva. Dejar de fumar ralentiza significativamente la progresión de la forma crónica. Adoptar una alimentación que favorezca la digestión, baja en grasas saturadas y rica en fibra, reduce el riesgo de cálculos biliares y limita los episodios inflamatorios. El control riguroso de las enfermedades metabólicas subyacentes —dislipidemia, obesidad— también contribuye a prevenir las recidivas.
La pancreatitis crónica conlleva varias complicaciones graves. La insuficiencia exocrina provoca una malabsorción de grasas, proteínas y vitaminas liposolubles, lo que conduce a la desnutrición y a la pérdida de peso. La destrucción progresiva de las células beta genera una diabetes de tipo 3c, distinta de la diabetes de tipo 2 y que requiere un tratamiento específico. Además, el riesgo de cáncer de páncreas aumenta significativamente, lo que justifica un seguimiento ecográfico y analítico periódico.
Una dieta baja en grasas reduce la estimulación enzimática y alivia la carga del páncreas en el día a día. Las frutas, las verduras y los cereales integrales aportan la fibra y los micronutrientes necesarios sin sobrecargar el órgano. Una buena nutrición y una hidratación suficiente siguen siendo esenciales en cada comida. En los casos graves con insuficiencia exocrina confirmada, los suplementos de enzimas pancreáticas son indispensables para garantizar una correcta absorción de los nutrientes.
El dolor crónico puede limitar las actividades laborales, deportivas y sociales. Las estrictas restricciones alimentarias complican las comidas en familia o con amigos. El manejo simultáneo de la enfermedad digestiva, de una diabetes secundaria y de la ansiedad asociada supone una importante carga emocional. A menudo es necesario un acompañamiento psicológico regular, como complemento del seguimiento médico especializado, para mantener una calidad de vida satisfactoria a largo plazo.