Un fungicida es cualquier sustancia capaz de eliminar los hongos o de inhibir su crecimiento. En medicina humana, los fungicidas —más conocidos como antifúngicos— se utilizan para tratar infecciones fúngicas superficiales (micosis cutáneas, onicomicosis, candidiasis bucal o vaginal) o profundas (en pacientes inmunodeprimidos). Los antifúngicos tópicos (cremas, óvulos, esmaltes para uñas) se pueden adquirir sin receta médica para infecciones leves bien identificadas; las formas sistémicas (orales, intravenosas) se dispensan con receta médica. La gama de productos dermatológicos está disponible en las secciones de micosis y dermatología de la tienda.
Los antifúngicos actúan principalmente alterando la síntesis del ergosterol, el lípido que estructura la membrana celular de los hongos —ausente en las células humanas, lo que los convierte en un objetivo terapéutico ideal—. Los azoles (clotrimazol, miconazol —en crema tópica—) inhiben su síntesis, mientras que los polienos (amfotericina B —de uso hospitalario—) se unen directamente al ergosterol y crean poros en la membrana fúngica. La terbinafina, utilizada en crema y en comprimidos para las onicomicosis, bloquea la escualeno epoxidasa en la cadena de biosíntesis del ergosterol.
Las infecciones fúngicas más frecuentes en parafarmacia afectan a la piel (dermatofitosis —pie de atleta, tiña—), a las uñas (candidiasis y onicomicosis) y a las mucosas (micosis vaginal por Candida albicans). Se recomienda un diagnóstico médico previo antes de cualquier tratamiento, especialmente en el caso de infecciones recurrentes, onicomicosis (que a menudo requieren varios meses de tratamiento) e infecciones en personas diabéticas o inmunodeprimidas.
En cuanto a las plantas con actividad antifúngica, el aceite esencial de lavanda (Lavandula angustifolia) presenta una actividad documentada contra la Candida albicans y los dermatofitos in vitro, y se utiliza diluido al 2-3 % en un aceite vegetal para su aplicación cutánea local. El propóleo también ejerce una actividad antifúngica sobre las Candida, especialmente en uso bucal (spray, enjuague bucal). El zinc, por vía oral (10–15 mg/día) o en formulaciones tópicas (piritiona de zinc para las dermatitis seborreicas y la caspa fúngica), refuerza la barrera cutánea y ejerce una actividad antifúngica local. Las infecciones cutáneas superficiales recurrentes también pueden beneficiarse de un refuerzo inmunitario general mediante la vitamina D3 y los probióticos, que refuerzan la resistencia de las mucosas.
La prevención de las micosis se basa en el mantenimiento de una barrera cutánea y mucosa intacta: secarse bien después del baño (especialmente los espacios interd digitales), uso de calzado transpirable en lugares públicos húmedos (piscinas, vestuarios), cambio diario de ropa interior de algodón y limitación de los factores que las favorecen —humedad prolongada, la maceración, la hiperglucemia en caso de diabetes y los tratamientos prolongados con antibióticos que alteran la microbiota y favorecen la proliferación de Candida.
La resistencia a los antifúngicos es un fenómeno cada vez más frecuente, sobre todo en el caso de la Candida auris (patógeno hospitalario multirresistente) y en algunas cepas de dermatofitos. Se ve favorecida por tratamientos antifúngicos con dosis insuficientes, incompletos o repetidos sin un diagnóstico micológico confirmado. En el caso de infecciones recurrentes o que no respondan al tratamiento habitual, es imprescindible realizar una consulta médica con toma de muestras micológicas antes de renovar o cambiar el tratamiento.