Tener una buena visión no se reduce a una cifra de corrección. Incluye la agudeza visual (nitidez de los detalles), la sensibilidad al contraste (matices de gris), la visión del color, la adaptación a la luz (transición entre luz y oscuridad) y la visión periférica. Estos cinco componentes dependen de diferentes estructuras —fotorreceptores (conos y bastones), células ganglionares del nervio óptico y epitelio pigmentario retiniano— y se deterioran a ritmos diferentes con la edad. Una alimentación específica puede ralentizar este deterioro en varios aspectos a la vez.
La visión nocturna depende de la rodopsina —el pigmento fotosensible de los bastones retinianos que se regenera tras la exposición a la luz—. Las antocianinas de la grosella negra y el arándano (160-320 mg/día de extracto estandarizado) aceleran esta regeneración tras el fotoblanqueo, reduciendo el tiempo de adaptación a la oscuridad. Estas propiedades ya se documentaron en los pilotos de la Royal Air Force británica durante la Segunda Guerra Mundial. Estudios clínicos actuales confirman una mejora de la visión mesópica tras 4 semanas de suplementación.
La vitamina B5 (ácido pantoténico) es un cofactor de la coenzima A en las células ganglionares de la retina, implicada en la síntesis de los neurotransmisores visuales y en el metabolismo energético del nervio óptico. Su carencia provoca fatiga visual y trastornos de la acomodación. La taurina (200-500 mg/día), el aminoácido libre más concentrado en la retina de los mamíferos, modula los canales iónicos retinianos, protege a los fotorreceptores de la fototoxicidad y mantiene la integridad estructural de los segmentos externos de los conos y los bastones.
Aunque menos conocida por sus propiedades oculares,la ortiga (Urtica dioica) aporta una combinación mineral completa: sílice, hierro, zinc, magnesio y vitaminas del grupo B. Su zinc actúa como cofactor de la retinol deshidrogenasa en el epitelio pigmentario retiniano (conversión de la vitamina A en retinal para la rodopsina); su magnesio mejora la vasodilatación de los capilares retinianos. En una cura de tres meses, constituye un apoyo nutricional completo para la visión, como complemento de principios activos más específicos.
Las células ganglionares de la retina —cuyos axones forman el nervio óptico— tienen una de las mayores densidades mitocondriales del organismo. La carnitina (L-acetilcarnitina, 500-1000 mg/día) transporta los ácidos grasos a las mitocondrias de estas células, mejorando su producción de ATP y su resistencia al estrés oxidativo. Los estudios realizados en modelos de glaucoma muestran una protección dependiente de la dosis, especialmente indicada para mantener la calidad del campo visual y la sensibilidad al contraste a partir de los 50 años.
La alimentación es la base de la salud visual a largo plazo. Los alimentos ricos en carotenoides (espinacas, col rizada, pimientos rojos para la luteína y la zeaxantina), en omega-3 DHA (pescado azul dos veces por semana), en zinc (ostras, carne roja, legumbres) y en vitaminas antioxidantes (C, E, betacaroteno) constituyen la dieta de prevención ocular mejor documentada. Los polifenoles de la grosella negra, los arándanos y la uva completan este aporte. Para las personas cuya alimentación es deficiente en estos micronutrientes, una suplementación específica (tipo AREDS2) es una alternativa contrastada, que debe consultarse con un oftalmólogo o un médico.