La amenorrea se refiere a la ausencia de menstruación en una mujer en edad fértil. Se divide en dos tipos. La amenorrea primaria afecta a las jóvenes de 16 años o más que nunca han tenido la menstruación a pesar de haber alcanzado la pubertad. La amenorrea secundaria se refiere a la interrupción de la menstruación durante tres meses o más en una mujer que anteriormente menstruaba con normalidad. Cada una de estas formas requiere un enfoque diagnóstico y terapéutico distinto.
Las causas son múltiples y varían según el tipo. Los desequilibrios hormonales —relacionados con la tiroides, las glándulas suprarrenales o la hipófisis— se encuentran entre los más frecuentes. El síndrome de ovarios poliquísticos (SOP) puede alterar la ovulación y provocar una amenorrea secundaria. El estrés crónico, el exceso de ejercicio físico, la pérdida rápida de peso o los periodos menstruales irregulares preexistentes también constituyen factores de riesgo bien documentados. En algunas formas primarias intervienen anomalías estructurales del aparato reproductor.
El diagnóstico comienza con una historia clínica completa —antecedentes ginecológicos, actividad física, alimentación, nivel de estrés— seguida de una exploración clínica. Los análisis de sangre evalúan los niveles hormonales (FSH, LH, prolactina, TSH, estradiol). Una ecografía pélvica busca anomalías ováricas o uterinas. En algunos casos, se prescribe una resonancia magnética de la hipófisis para descartar un tumor. La identificación precisa de la causa subyacente determina la elección del tratamiento.
El tratamiento siempre se dirige a la causa identificada. Los tratamientos hormonales —progesterona cíclica, anticonceptivos estroprogestativos o inductores de la ovulación— regulan los ciclos según el objetivo (restablecimiento de la menstruación o deseo de embarazo). Las intervenciones quirúrgicas corrigen las anomalías estructurales cuando es necesario. Los cambios en el estilo de vida —reducción de la intensidad del ejercicio físico, corrección de la ingesta nutricional— suelen ser suficientes en los casos funcionales. Es imprescindible un seguimiento médico regular para ajustar el protocolo terapéutico.
La amenorrea prolongada conlleva el riesgo de complicaciones graves. La baja concentración de estrógenos debilita el tejido óseo y aumenta el riesgo de osteoporosis, sobre todo en mujeres jóvenes. La infertilidad es una consecuencia directa de la ausencia de ovulación regular. A largo plazo, también pueden aparecer trastornos cardiovasculares relacionados con el déficit de estrógenos. Un tratamiento precoz reduce estos riesgos y preserva la salud reproductiva a largo plazo.
El peso influye directamente en la producción de hormonas reproductivas. Un peso demasiado bajo —que suele observarse en los trastornos alimentarios— priva al organismo de los recursos necesarios para la ovulación. Por el contrario, el sobrepeso puede provocar hiperandrogenismo y alterar el ciclo. Un aporte nutricional suficiente de energía, hierro y vitamina D3 es esencial para restablecer un ciclo menstrual regular en las mujeres que padecen amenorrea funcional.
El estrés crónico altera el eje hipotálamo-hipófisis-ovario, que regula la secreción de las hormonas reproductivas. Esta alteración inhibe la liberación de GnRH, lo que provoca una caída de los niveles de FSH y LH —indispensables para la ovulación—. Las técnicas de gestión del estrés —meditación, yoga, terapia cognitivo-conductual— pueden contribuir a restablecer los ciclos cuando el estrés es la causa principal.
Sí. La ausencia de menstruación no implica necesariamente la ausencia de ovulación. En algunas formas de amenorrea secundaria, puede producirse una ovulación esporádica, lo que hace posible la concepción. Las mujeres que padecen amenorrea y desean quedarse embarazadas deben consultar a un especialista en fertilidad para evaluar su situación hormonal y explorar las opciones de estimulación ovulatoria adecuadas a su perfil.