Una infección vaginal es cualquier inflamación o infección que afecta a la vagina y que se manifiesta con picor, ardor, dolor durante las relaciones sexuales y flujo inusual. Los tres tipos más frecuentes son la micosis vaginal (candidiasis), la vaginosis bacteriana y la tricomoniasis; cada una de ellas tiene un origen y un tratamiento distintos, por lo que es imprescindible un diagnóstico médico antes de iniciar cualquier tratamiento.
Las infecciones vaginales suelen ser consecuencia de un desequilibrio del pH vaginal o de la flora vaginal, lo que abre la puerta a bacterias o levaduras patógenas. Entre los factores de riesgo más frecuentes se encuentran los antibióticos, las duchas vaginales, los desequilibrios hormonales relacionados con el embarazo o la menopausia, y el uso de ropa demasiado ajustada o húmeda. Algunas infecciones también se transmiten por vía sexual.
Estas dos infecciones presentan perfiles diferentes. La micosis vaginal se caracteriza por un picor intenso, enrojecimiento y un flujo espeso y blanco, similar al requesón. La vaginosis bacteriana, por su parte, produce un flujo más bien fino y grisáceo, con un olor característico a pescado que se acentúa tras las relaciones sexuales. Estas diferencias orientan el diagnóstico, pero solo una muestra vaginal analizada por un profesional permite una identificación segura y un tratamiento adecuado.
El tratamiento depende del tipo de infección. Los antifúngicos —ovulos o cremas— tratan las candidiasis vaginales. Los antibióticos, recetados por un médico, se dirigen contra la vaginosis bacteriana y la tricomoniasis. Los probióticos, en particular los que contienen lactobacilos, restablecen la flora y previenen las recidivas. No se debe iniciar ningún tratamiento sin un diagnóstico médico previo, ya que se podría agravar el desequilibrio.
La prevención se basa en unos sencillos hábitos. Mantener una higiene íntima adecuada —sin jabones perfumados ni sprays agresivos que alteren el pH— es la primera medida. Llevar ropa interior de algodón, evitar la ropa demasiado ajustada y secar bien la zona íntima después de la ducha limita la humedad que favorece la proliferación de levaduras. Evitar las duchas vaginales preserva la flora protectora natural.
El pH vaginal normal, comprendido entre 3,8 y 4,5, mantiene un entorno ligeramente ácido que inhibe el crecimiento de los patógenos. Un desequilibrio —hacia la alcalinidad— favorece la vaginosis bacteriana, mientras que un pH alterado también puede provocar irritación vaginal. Este pH es delicado y puede verse alterado por los antibióticos, las relaciones sexuales sin protección o las variaciones hormonales. En ocasiones, los geles o óvulos reequilibrantes permiten restablecerlo rápidamente.
Sí. Algunas mujeres desarrollan infecciones vaginales recurrentes, especialmente candidiasis, debido a un desequilibrio persistente de la flora o a una inmunidad debilitada. Los cambios hormonales relacionados con el embarazo, la menopausia o los anticonceptivos también pueden aumentar la susceptibilidad. Los tratamientos regulares con probióticos y prestar atención a los factores desencadenantes reducen la frecuencia de las recurrencias.
Es necesario acudir al médico ante los primeros síntomas si nunca ha padecido una infección similar, si los tratamientos habituales no surten efecto, si los síntomas se agravan rápidamente o si van acompañados de fiebre y dolor pélvico. Estos últimos signos pueden indicar una enfermedad inflamatoria pélvica, una complicación grave que puede afectar a la fertilidad si no se trata rápidamente.