La intolerancia a la lactosa es la incapacidad para digerir la lactosa, un azúcar presente de forma natural en la leche y los productos lácteos. Se debe a una producción insuficiente de lactasa, la enzima intestinal encargada de descomponer la lactosa en glucosa y galactosa asimilables. Al no ser digerida, la lactosa llega al colon, donde es fermentada por las bacterias, lo que produce gases y ácidos responsables de los síntomas. Estos suelen aparecer entre 30 minutos y 2 horas después de la ingesta de lactosa:
La intensidad de los síntomas depende de la cantidad de lactosa ingerida y del nivel residual de lactasa. La mayoría de las personas intolerantes toleran pequeñas cantidades de lactosa (el equivalente a medio vaso de leche), sobre todo si se consumen junto con otros alimentos. Esta afección es hereditaria: las variantes del gen LCT que reducen la producción de lactasa tras la infancia se transmiten de generación en generación. Está muy extendida en todo el mundo —aproximadamente entre el 65 % y el 70 % de la población adulta presenta algún grado de reducción de la actividad lactasa—, pero su frecuencia varía considerablemente: es muy elevada en el este de Asia y en el África subsahariana, y más baja en el norte de Europa, donde la persistencia de la lactasa se ha desarrollado como adaptación evolutiva a la ganadería lechera.
Existen varios métodos para confirmar el diagnóstico:
El autodiagnóstico por eliminación (eliminar los productos lácteos durante dos semanas) también constituye una primera orientación, que debe confirmarse mediante una prueba médica. La mejora del bienestar digestivo tras la supresión de la lactosa es un indicio claro.
El manejo se basa en tres medidas complementarias:
Es fundamental leer las etiquetas: la lactosa se esconde en productos inesperados (pan de molde, embutidos, medicamentos, sopas industriales). Los probióticos específicos (Lactobacillus acidophilus) pueden mejorar la digestión de la lactosa al favorecer su degradación en el colon.
Existen varios sustitutos que cubren los usos culinarios y las necesidades nutricionales:
Eliminar los productos lácteos sin sustituirlos expone a deficiencias de calcio y vitamina D3, esenciales para la salud ósea. Para compensarlas:
El seguimiento nutricional por parte de un dietista resulta especialmente útil para los niños, las mujeres embarazadas y las personas mayores, que son más vulnerables a las consecuencias óseas de una carencia de calcio.