La epilepsia es una enfermedad neurológica crónica que se caracteriza por la repetición de crisis epilépticas no provocadas, resultado de una actividad eléctrica anómala, excesiva y sincronizada de un grupo de neuronas cerebrales. Según la OMS, afecta a unos 50 millones de personas en todo el mundo. Las crisis se manifiestan de formas muy diversas en función de las regiones cerebrales implicadas: convulsiones tónico-clónicas generalizadas, ausencias, crisis focales con o sin alteración de la conciencia. El diagnóstico se basa en el electroencefalograma (EEG), la resonancia magnética cerebral y la evaluación neurológica clínica. El tratamiento es farmacológico, lo prescribe y supervisa un neurólogo especializado; ningún producto de parafarmacia trata la epilepsia ni sustituye a los antiepilépticos.
Se han identificado varios factores como posibles desencadenantes de las crisis en las personas con epilepsia:
El magnesio es un modulador fisiológico de la excitabilidad neuronal: bloquea fisiológicamente los receptores NMDA del glutamato, el principal neurotransmisor excitador. La carencia de magnesio se asocia a una hiperexcitabilidad neuronal y se ha documentado en algunas personas con epilepsia. Datos preliminares sugieren que corregir una carencia documentada podría contribuir a reducir la frecuencia de las crisis, como complemento del tratamiento médico. Cualquier suplementación con magnesio en una persona con epilepsia debe consultarse con el neurólogo responsable del tratamiento, ya que algunos fármacos antiepilépticos pueden interactuar con los niveles de magnesio y calcio. En ningún caso se trata de un tratamiento para la epilepsia.
Hay investigaciones preliminares que se centran en el papel de los omega-3 EPA/DHA en la modulación de la excitabilidad de la membrana neuronal. Los ácidos grasos poliinsaturados influyen en la fluidez de las membranas neuronales y podrían modular los canales iónicos implicados en la epileptogénesis. Algunos estudios piloto han mostrado resultados modestos en cuanto a la frecuencia de las crisis, pero las pruebas siguen siendo insuficientes para formular recomendaciones. La vitamina D3 merece especial atención en este contexto: se ha documentado una elevada prevalencia de déficit de vitamina D en las personas con epilepsia, sobre todo debido a la inducción enzimática hepática que provocan ciertos fármacos antiepilépticos (fenitoína, carbamazepina, valproato) que aceleran el catabolismo de la vitamina D. En este contexto, se suele recomendar médicamente la suplementación con vitamina D3, previa determinación de los niveles en sangre. Estos enfoques se inscriben exclusivamente en el marco de una suplementación nutricional validada médicamente.
La coenzima Q10 se está estudiando en la epilepsia mitocondrial, un subgrupo de enfermedades epilépticas relacionadas con déficits en el funcionamiento de las mitocondrias. En estas formas específicas, se puede prescribir médicamente una suplementación. Fuera de estas formas mitocondriales, su utilidad sigue sin estar demostrada. La melatonina se está estudiando por sus posibles propiedades neuroprotectoras, pero los datos clínicos siguen siendo preliminares. Su uso principal en el contexto de la epilepsia se centra en la mejora de la calidad del sueño, uno de los principales factores desencadenantes de las crisis. Cualquier uso de la melatonina en una persona con epilepsia debe ser autorizado por el médico responsable del tratamiento.
El manejo diario de la epilepsia se basa en varias precauciones prácticas esenciales: