La agresividad es un comportamiento hostil —verbal o físico— que se desencadena como respuesta a una frustración, una amenaza percibida o un sentimiento de injusticia. Desde el punto de vista fisiológico, implica una activación de la amígdala cerebral (centro de detección de amenazas) junto con una disminución de la actividad de la corteza prefrontal, la región responsable de la inhibición de las respuestas impulsivas y de la regulación emocional. Esta reducción de la inhibición prefrontal explica por qué el estrés crónico, el cansancio, la falta de sueño y el alcohol aumentan significativamente los comportamientos agresivos: estos factores alteran directamente el control prefrontal. El cortisol crónico y ciertos desequilibrios hormonales (testosterona, síndrome premenstrual) también modulan el umbral de reactividad agresiva.La irritabilidad suele ser la etapa precursora de la agresividad: reconocerla a tiempo permite intervenir antes de que el comportamiento se agrave.
Ante un aumento de la agresividad —en uno mismo o en otra persona—, existen varias técnicas basadas en la fisiología del estrés que permiten calmar la reacción:
El bisglicinato de magnesio (300 mg/día) reduce la hiperexcitabilidad neuromuscular y nerviosa que disminuye el umbral de tolerancia a la frustración; su déficit, frecuente en casos de estrés crónico, amplifica la irritabilidad y la reactividad agresiva. La valeriana (EMA: uso bien establecido) ejerce una acción calmante sobre el sistema nervioso que reduce la tensión subyacente a la agresividad. Los omega-3 EPA-DHA (de 1 a 3 g/día) presentan datos clínicos interesantes sobre la reducción de la impulsividad y la agresividad: su acción sobre la fluidez de las membranas neuronales y la inflamación cerebral modula la transmisión serotoninérgica implicada en el control de los impulsos. En el ámbito alimentario, conviene limitar los azúcares de absorción rápida y la cafeína (que amplifican las fluctuaciones glucémicas y la excitabilidad nerviosa) y dar prioridad a una alimentación rica en triptófano (precursor de la serotonina, reguladora del estado de ánimo) favorece un entorno neuroquímico menos propicio para la agresividad. En caso de agresividad frecuente, grave o que suponga un peligro para uno mismo o para los demás, es imprescindible acudir al médico o a un psicólogo para evaluar una posible causa subyacente (trastorno del control de los impulsos, trastorno bipolar, adicción).