El bienestar es un estado global y dinámico de salud física, mental y social; no es simplemente la ausencia de enfermedad, sino una calidad de vida positiva, una sensación de vitalidad y satisfacción en las diferentes dimensiones de la existencia. La OMS lo define como «un estado de completo bienestar físico, mental y social». Desde el punto de vista fisiológico, se basa en el equilibrio de varios sistemas interdependientes: el sistema nervioso autónomo (respuesta al estrés), el eje intestino-cerebro (microbiota y neurotransmisores), el sistema endocrino (hormonas, cortisol, tiroides) y el equilibrio inflamatorio crónico. Estos sistemas se ven directamente influenciados por cuatro pilares fundamentales —la alimentación, el ejercicio físico, el sueño y la gestión del estrés—, cuya optimización simultánea produce efectos sinérgicos en la salud general. La meditación y la relajación constituyen palancas conductuales transversales que actúan sobre varios pilares al mismo tiempo.
La dieta mediterránea (rica en frutas y verduras de colores, aceite de oliva, pescado graso, legumbres y cereales integrales) es la dieta más contrastada para favorecer el bienestar general: reduce la inflamación sistémica, favorece la microbiota intestinal y aporta los precursores de los neurotransmisores que regulan el estado de ánimo. Limitar el consumo de azúcares refinados, alimentos ultraprocesados y alcohol reduce los picos glucémicos, la inflamación y las alteraciones de la microbiota que afectan a la calidad de vida. El ejercicio físico regular (150 minutos a la semana de actividad moderada, según la OMS) es la intervención más versátil para el bienestar: reduce el riesgo de enfermedades cardiovasculares (en las que el exceso de colesterol es un factor de riesgo importante), mejora el estado de ánimo mediante la liberación de endorfinas y BDNF, regula el sueño y refuerza las defensas inmunitarias. Caminar a paso ligero, el yoga, la natación y el ciclismo son actividades accesibles para todas las edades y producen efectos medibles a partir de las cuatro semanas de práctica regular.
Las carencias nutricionales más frecuentes en nuestro estilo de vida moderno repercuten directamente en la calidad de vida diaria. El magnesio (bisglicinato —300 mg/día—) es el micronutriente del bienestar por excelencia: como cofactor de más de 300 reacciones enzimáticas, favorece la resistencia al estrés, la calidad del sueño, la función muscular y el equilibrio nervioso. La vitamina D3 (1 000–2 000 UI/día —se recomienda un análisis de sangre—) regula la inmunidad, la función muscular, el estado de ánimo y la salud ósea; su déficit invernal es casi universal en nuestras latitudes. Los omega-3 EPA-DHA (de 1 a 3 g/día — alegación de la EFSA) reducen la inflamación sistémica y favorecen la salud cardiovascular, cerebral y articular. Los probióticos (Lactobacillus, Bifidobacterium) favorecen la microbiota intestinal —principal garante de la inmunidad y del equilibrio del estado de ánimo a través del eje intestino-cerebro—. Estos complementos constituyen una base de apoyo para el bienestar general, que debe adaptarse en función de las necesidades y los análisis individuales.