El estrés es una reacción fisiológica adaptativa que se desencadena ante una situación percibida como amenazante o exigente: la respuesta de «lucha o huida» activa el sistema nervioso simpático y libera cortisol y adrenalina para preparar al organismo para la acción. Esta respuesta es beneficiosa a corto plazo, pero se vuelve perjudicial cuando se prolonga: el cortisol crónico altera el sueño, debilita el sistema inmunitario, favorece el aumento de peso abdominal, aumenta la tensión muscular y se asocia a un mayor riesgo de ansiedad, depresión y trastornos cardiovasculares. La meditación y las técnicas de relajación tienen precisamente como objetivo reactivar el sistema nervioso parasimpático para contrarrestar esta activación crónica.
Existen varios enfoques conductuales cuya eficacia para reducir el estrés está demostrada:
El bisglicinato de magnesio (300 mg/día) es el principio activo antiestrés de primera línea: cofactor de más de 300 reacciones enzimáticas, regula la respuesta al cortisol y reduce la hiperexcitabilidad neuromuscular; su déficit, muy frecuente en situaciones de estrés crónico, alimenta un círculo vicioso (el estrés agota el magnesio y el déficit de magnesio amplifica la respuesta al estrés). La rodiola (adaptógeno —rosavinas y salidrosida estandarizadas—) mejora la resistencia física y mental al estrés, reduce la fatiga cognitiva y restaura la motivación; debe tomarse por la mañana; contraindicada en casos de trastorno bipolar y agitación. La valeriana (EMA: uso bien establecido) alivia la tensión nerviosa y facilita el sueño en casos de estrés vespertino. Los omega-3 EPA-DHA (de 1 a 3 g/día — alegación de la EFSA) reducen la inflamación cerebral asociada al estrés crónico y favorecen la regulación del estado de ánimo. Estos complementos complementan las prácticas conductuales; un estrés grave, persistente o acompañado de síntomas depresivos justifica una consulta médica.