La cúrcuma (Curcuma longa) es una especia que se obtiene de la raíz de una planta de la familia del jengibre, originaria de la India y del sudeste asiático. Utilizada desde hace milenios en la medicina tradicional ayurvédica, hoy en día es un gran clásico de la fitoterapia y la cocina. Su principal sustancia activa es la curcumina, el pigmento responsable de su color amarillo anaranjado y de la mayor parte del interés que se le atribuye. Hay que dejar claro desde el principio: la cúrcuma es un complemento alimenticio y un «superalimento» muy apreciado, no un medicamento. Se le atribuyen muchas propiedades, pero conviene distinguir entre el uso tradicional, los datos prometedores y las pruebas contrastadas, y mantener la prudencia ante las alegaciones de propiedades saludables.
El uso más extendido de la cúrcuma está relacionado con el bienestar articular. La curcumina es objeto de investigaciones alentadoras sobre los procesos inflamatorios, y la cúrcuma se utiliza tradicionalmente para contribuir al bienestar de las personas que sufren molestias relacionadas conla artrosis, el reumatismo o la tendinitis. Sin embargo, presentarla como «el mejor antiinflamatorio natural» va más allá de los datos: contribuye al bienestar, pero no trata estas afecciones ni sustituye el consejo médico. Para mejorar la absorción de la curcumina, que tiene una baja biodisponibilidad, se suele combinar con pimienta negra (piperina) y una grasa.
La cúrcuma se consume de varias formas: fresca (rallada en platos o infusiones), en polvo (currys, sopas, salsas) o en forma de complementos (extractos estandarizados de curcumina, a menudo enriquecidos con piperina para mejorar la biodisponibilidad). La famosa receta de la «leche dorada» combina cúrcuma, leche vegetal, pimienta y grasa. En cuanto a la digestión, la cúrcuma se aprecia tradicionalmente por favorecer el bienestar digestivo: estimula la secreción biliar y puede ayudar a aliviar la hinchazón o la pesadez digestiva, especialmente después de una comida copiosa.
Hay que dejarlo claro: la cúrcuma no ayuda a adelgazar ni «quema» grasas. A lo sumo, puede complementar un proceso de control del peso basado en una alimentación equilibrada y la actividad física, sin tener por sí misma un efecto adelgazante. Del mismo modo, hay que matizar la idea de que «desintoxica el hígado»: el propio hígado se encarga de la eliminación de toxinas y, aunque la cúrcuma se asocia tradicionalmente con el bienestar hepático y digestivo, no «purifica» el organismo. Sobre todo, en dosis elevadas o en caso de trastornos hepáticos o biliares (cálculos), se recomienda, por el contrario, precaución y consultar con un médico.
La cúrcuma, rica en antioxidantes, se utiliza tradicionalmente en cosmética, sobre todo en mascarillas caseras (con miel o yogur), para ayudar a conseguir un cutis radiante y aliviar las molestias de las pieles con imperfecciones. Sus antioxidantes contribuyen a proteger la piel del estrés oxidativo provocado por las agresiones externas. Hay que ser prudente: la cúrcuma contribuye al bienestar cutáneo, pero no trata el acné ni las afecciones de la piel, que requieren un diagnóstico dermatológico. Precaución práctica: al ser muy pigmentante, puede teñir temporalmente la piel y los tejidos.
Si bien la cúrcuma en cantidades culinarias no supone ningún problema, los complementos concentrados requieren precauciones. Las afirmaciones sobre la prevención de enfermedades cardiovasculares, neurodegenerativas (Alzheimer) o cánceres se basan en investigaciones preliminares y no permiten ninguna afirmación: la cúrcuma no previene ni trata estas enfermedades. En cuanto a la seguridad:
A título indicativo, se recomienda entre 1 y 3 g de polvo al día, o entre 500 y 1000 mg de curcumina en forma de complemento; siga siempre la posología del producto y, para un uso regular destinado al bienestar articular, consulte a un profesional sanitario, especialmente si está siguiendo un tratamiento.