El envejecimiento modifica profundamente las necesidades nutricionales. La desnutrición proteico-energética afecta aproximadamente al 4 % de las personas mayores que viven en su domicilio y hasta al 50 % de las que residen en residencias de ancianos, según la HAS, y a menudo queda enmascarada por un peso estable (pérdida de masa muscular compensada por un aumento de la masa grasa). Las proteínas son prioritarias: las necesidades aumentan a 1,2-1,5 g/kg/día a partir de los 70 años para contrarrestar la sarcopenia. El calcio (1 200 mg/día) y la vitamina D —de la que carece el 80 % de las personas mayores en invierno— favorecen la densidad ósea. Las personas mayores tienen una menor sensación de sed: el riesgo de deshidratación es elevado, con consecuencias rápidas en la función cognitiva, el tránsito intestinal y la tensión arterial.
Las caídas constituyen la primera causa de hospitalización por traumatismo a partir de los 65 años y son la causa de un tercio de las muertes accidentales en personas mayores de 75 años (datos del INRS). La prevención se basa en varios pilares:
La polimedicación (≥ 5 medicamentos simultáneos) afecta a más del 50 % de las personas mayores de 80 años y aumenta exponencialmente el riesgo de interacciones y efectos adversos. Los complementos alimenticios y las plantas medicinales no son inofensivos en este contexto: la hierba de San Juan interactúa con los anticoagulantes y los antidepresivos; el ginkgo biloba puede potenciar los antiagregantes plaquetarios. Antes de empezar a tomar cualquier complemento, es imprescindible consultar con el médico de cabecera o el farmacéutico. El control de la glucemia y de la tensión arterial también determina la adaptación de los tratamientos a lo largo del tiempo.
La xerosis senil —sequedad cutánea relacionada con el envejecimiento— afecta a más del 75 % de las personas mayores de 75 años. Se debe a la disminución del número de glándulas sebáceas, a la reducción de la producción de ceramidas y a una deshidratación crónica que a menudo se subestima. Los productos hidratantes deben aplicarse a diario en el cuerpo tras el aseo, sobre la piel ligeramente húmeda para optimizar su penetración. Los emolientes ricos en ceramidas, urea (5-10 %) o glicerina son los más eficaces. El cuidado de los pies merece una atención especial: una queratosis plantar no tratada puede provocar llagas crónicas y complicaciones podológicas graves, especialmente en personas con diabetes.
Los trastornos del sueño afectan al 40-70 % de las personas mayores: la fragmentación del sueño nocturno, el despertar precoz y el adelanto de la fase del sueño son los patrones más frecuentes. La melatonina de liberación prolongada es la solución farmacológica mejor evaluada en personas mayores (recomendación de la ANSM, autorización de comercialización a partir de los 55 años). La higiene del sueño —horarios regulares, fototerapia matutina, limitación de las siestas— sigue siendo la base. Para reforzar la inmunidad natural, la vitamina D3 (800-1 000 UI/día), el zinc y los probióticos constituyen la base nutricional mejor documentada en las personas mayores, especialmente en invierno.
Los dolores articulares relacionados con la artrosis son la principal causa de dolor crónico a partir de los 65 años. La estrategia complementaria en parafarmacia combina:
Estos complementos forman parte de un tratamiento integral que incluye fisioterapia, actividad física adaptada y tratamiento farmacológico analgésico supervisado.