La consuelda es una planta perenne de la familia de las boragináceas, reconocible por sus hojas grandes y rugosas y sus flores en forma de campana, de color violeta, rosa o blanco. Su nombre proviene del latín «consolidare» («consolidar»), en referencia a sus usos tradicionales externos para cuidar el bienestar de la piel. Planta conocida desde hace mucho tiempo en la herboristería, también es muy apreciada en el jardín como abono verde y para atraer a los polinizadores. Un aspecto fundamental que hay que tener claro desde el principio: hoy en día, la consuelda se utiliza exclusivamente para uso externo y en jardinería. Se desaconseja su uso interno (infusión, complemento alimenticio) debido a la presencia de compuestos potencialmente tóxicos para el hígado (véanse las precauciones). Se trata, por tanto, de una planta con doble finalidad —cuidado externo de la piel y uso hortícola— que conviene manejar conociendo bien sus límites de seguridad.
Originaria de Europa y de Asia templada, la consuelda crece de forma natural en suelos ricos y húmedos, cerca de cursos de agua o en los límites de los bosques, desde la llanura hasta altitudes medias. Adoptada por los jardineros por sus múltiples usos, se ha extendido ampliamente. En cuanto a su aspecto, forma un matas de hojas alargadas de un verde intenso, de tacto áspero. Sus tallos huecos y vellosos sostienen racimos de pequeñas flores colgantes. Su raíz gruesa y pivotante le permite extraer nutrientes de las profundidades, lo que explica su utilidad para mejorar la estructura y la fertilidad del suelo. Esta capacidad para concentrar minerales la convierte en una planta muy valiosa en el huerto, donde sus hojas sirven para enriquecer de forma natural la tierra y el compost.
La consuelda debe sus propiedades a varios componentes:
Es la alantoína la que confiere a la consuelda su interés cosmético, mientras que los alcaloides pirrolizidínicos dictan las precauciones de seguridad.
En uso externo, la consuelda se aprecia tradicionalmente por su efecto calmante sobre la piel. Los ungüentos, bálsamos o cataplasmas a base de consuelda son conocidos por aliviar la piel en caso de pequeños rasguños o zonas superficialmente dañadas, y por favorecer su regeneración. Gracias a sus mucílagos, también se aplica localmente para aliviar el malestar de las pieles irritadas. Algunas personas también utilizan preparaciones externas para mejorar el bienestar articular o en caso de contusiones (al igual que el árnica). No obstante, conviene tener en cuenta algunas precauciones de sentido común: la consuelda nunca debe aplicarse sobre una herida abierta o profunda (los alcaloides podrían absorberse), ni de forma prolongada. En caso de lesiones más graves, irritaciones persistentes o dolor articular prolongado, es imprescindible consultar a un médico. La consuelda ayuda a aliviar pequeñas molestias cutáneas superficiales, sin sustituir el tratamiento médico.
Más allá de la piel, la consuelda es una auténtica estrella de la jardinería natural, con un uso totalmente seguro y muy extendido. Sus hojas, ricas en minerales (especialmente potasio), sirven para preparar un purín de consuelda: se dejan macerar en agua para obtener un abono líquido natural, que debe diluirse antes de regar o pulverizar a pie de los cultivos, lo que favorece su crecimiento y floración. Como abono verde, las hojas cortadas también pueden utilizarse como mantillo o incorporarse al compost, al que aportan nutrientes. Plantada cerca de hortalizas o árboles frutales, la consuelda mejora la estructura del suelo gracias a sus raíces profundas y atrae a las abejas y a los polinizadores. Por lo tanto, es una valiosa aliada ecológica en el huerto. Este uso hortícola, sin riesgos para la salud, constituye una de las principales razones para cultivar la consuelda, además de sus aplicaciones cosméticas externas.
Es fundamental tomar precauciones con la consuelda:
En cuanto a las variedades: la consuelda rusa (Symphytum × uplandicum), un híbrido muy rico en nutrientes, es la preferida para el abono líquido en el jardín. La consuelda officinalis (Symphytum officinale) es la que se emplea tradicionalmente para uso externo sobre la piel. En cualquier caso, es mejor seguir las recomendaciones de los profesionales: con la consuelda, la precaución —y, en particular, el estricto cumplimiento del uso exclusivamente externo— es lo más importante, dada la toxicidad hepática de sus alcaloides en caso de ingestión.